Los seres humanos tendemos a buscar el lado positivo a todo. Si no lo hiciésemos, a veces la vida se nos haría bastante cuesta arriba. Desde luego, es una actitud muy beneficiosa, pero también hay que tener cuidado para que esa búsqueda de lo positivo no se convierta en un engaño. Justamente, es lo que pasa con lo concerniente a la fusión de los glaciares. Es una de las señales más impactantes del cambio climático y nos sirve de aviso continuo de la situación ambiental tan grave en la que nos encontramos. Además, sus consecuencias pueden ser fatales. El aumento del nivel del mar, por ejemplo, dejará cada vez más lugares inhabitables en el planeta. Sin embargo, hay quien busca el lado positivo en algo conocido como siembra de hierro.
Supuestamente, cuando los glaciares se derriten liberan a las aguas circundantes una gran cantidad de hierro que sirve como nutriente para las microalgas que componen el plancton. Como consecuencia, estas microalgas proliferan hasta llegar a concentraciones muy elevadas. Se trata de seres vivos que se nutren a través de la fotosíntesis, igual que las plantas terrestres, por lo que necesitan captar dióxido de carbono de la atmósfera. Ahí empieza lo bueno. Ese dióxido de carbono es uno de los gases de efecto invernadero que están provocando el calentamiento global. Por lo tanto, a más hierro procedente de glaciares derretidos, más microalgas y a más microalgas, menos dióxido de carbono en la atmósfera. No está mal del todo, ¿no?
Si fuese cierto, podría ser un salvavidas al que aferrarse en el desastre del cambio climático. El problema es que, según un estudio publicado recientemente por científicos de la Universidad de Rutgers-New Brunswick, no lo es.
Entonces, ¿los glaciares no están liberando hierro?
El hierro es un metal muy abundante en la corteza terrestre, pero muy escaso en los océanos. Sobre todo hay un gran déficit en el océano Antártico, ya que la corriente Circumpolar Antártica y los vientos del oeste impiden que haya aportes terrestres desde otras zonas, a la vez que el hielo antártico lo retiene en el continente. Por ese motivo, se cree que los glaciares en esta parte del mundo contienen en su interior una gran cantidad de hierro, procedente de los sedimentos que acumularon durante su formación y movimiento. Cuando este hielo se derrite, se libera a las aguas a su alrededor parte de ese hierro. Esa es la teoría que aporta al menos un lado positivo a la fusión de los glaciares. Es algo que se ha defendido bastante últimamente y que incluso se ha señalado en algunos estudios científicos.

Y no es mentira. Por supuesto que hay hierro atrapado en los glaciares y claro que se libera cuando estos se derriten. Ahora bien, ¿hasta qué punto es eso tan beneficioso como nos han vendido?
La clave está en los métodos empleados
La mayor parte de estudios que se han realizado sobre la liberación de hierro en los glaciares se han realizado con simulaciones en modelos informáticos. Esto puede ser muy útil cuando se quieren tomar datos relacionados con lugares poco accesibles. Sin embargo, en temas como este, es mejor ir al origen del enigma. Eso fue lo que hicieron los autores del estudio que se ha publicado recientemente. A bordo de un rompehielos estadounidense, se desplazaron hasta la plataforma de hielo Dotson, en el mar Amundsen. Este mar, ubicado en la Antártida Occidental, recoge buena parte del agua procedente de la fusión del hielo de los glaciares. Tiene niveles bastante elevados de hierro en comparación con lo que normalmente se encuentra en el océano. Por eso siempre se ha creído que el metal procedía de los glaciares. Los modelos parecían confirmarlo. Pero estos científicos dieron con otra explicación.
Localizaron una cavidad en el hielo en la que entra agua cálida del océano profundo y, a continuación, el punto por el que sale, ya mezclada con el agua procedente de la fusión de los glaciares. Procedieron a tomar muestras de agua tanto en la entrada como en la salida, con el objetivo de localizar las diferencias en los niveles de hierro. Así, vieron que solo el 10 % del hierro se sumó al mezclarse con el agua de los glaciares derretidos. En cambio, el 62 % del hierro parecía proceder de las profundidades oceánicas. Con respecto al 28 % restante, procedería justamente de los sedimentos mezclados en las plataformas de hielo.
Esto indica que, en realidad, no existe esa cara positiva de la fusión de los glaciares. No ayudan en ninguna medida a combatir el cambio climático, pues es muy poco el hierro que liberan en el mar.
¿Por qué es útil esta información en la lucha contra el cambio climático?
Este tipo de hallazgos son importantes por dos motivos. En primer lugar, porque supondría la modificación de los modelos empleados para hacer predicciones sobre el cambio climático. Y, en segundo lugar, porque por supuesto que es bueno buscar luces al otro lado de las sombras. Pero no hay mejor forma de iluminar la oscuridad que con el conocimiento. No hay nada bueno en que se derritan los glaciares y cuanto antes los entendamos, mejores serán las medidas que podrán tomarse para solucionar el problema.




